La escena volvió a repetirse en 2026. El agua avanzando sobre las calles, viviendas anegadas, familias autoevacuadas y una sensación que atraviesa generaciones: en La Madrid, cada lluvia fuerte puede transformarse en una amenaza.
Este medio recorrió la zona desde el inicio del temporal y pudo constatar el impacto directo en los vecinos. Pero lo que hoy ocurre no es un hecho aislado ni inesperado. Es, en realidad, el resultado de más de tres décadas de una problemática que nunca logró resolverse de fondo.
Porque en La Madrid, el agua no es solo una consecuencia del clima. Es la expresión visible de un sistema que, con el paso del tiempo, se volvió cada vez más vulnerable.
Un problema que viene de lejos
Según un informe publicado por La Gaceta y firmado por el periodista Roberto Delgado, la localidad está ubicada en una de las zonas más bajas de Tucumán, aproximadamente a 350 metros sobre el nivel del mar, dentro de una cuenca compleja que recibe el impacto de varios ríos, entre ellos el Marapa.
Pero el factor geográfico, por sí solo, no alcanza para explicar lo que sucede.
A lo largo de las décadas, distintas intervenciones humanas fueron modificando el comportamiento natural del agua: la construcción de embalses, rutas elevadas, canalizaciones sin control y la desaparición de zonas naturales de absorción generaron un escenario donde cada lluvia intensa encuentra menos espacio para escurrir.
CRONOLOGÍA DE UN PROBLEMA QUE NUNCA SE RESOLVIÓ
Antes de 1992: un riesgo que no era visible
Durante gran parte del siglo XX, La Madrid creció sin que las crecidas del río Marapa fueran un tema central en la agenda pública. El pueblo se desarrolló alrededor del ferrocarril desde fines del siglo XIX y mantuvo durante décadas una vida relativamente tranquila, con actividades agrícolas, ganaderas y comerciales.
No había, al menos en el discurso dominante, una conciencia clara del riesgo hídrico que implicaba su ubicación.
Sin embargo, ya existían señales: la zona formaba parte de un sistema natural donde antiguamente había bañados que actuaban como amortiguadores de las crecidas. Con el tiempo, esos espacios fueron desapareciendo.
1992: el punto de quiebre
El 14 de febrero de 1992 marcó un antes y un después.
Ese día, el río Marapa se desbordó de manera violenta y el agua llegó hasta los techos de las viviendas.
La magnitud del desastre dejó al descubierto la vulnerabilidad de la localidad. Hubo evacuaciones masivas, pérdidas materiales totales y una comunidad que, por primera vez, tomó plena dimensión del problema.
Tres días después, vecinos damnificados reclamaban asistencia mientras comenzaban a llegar ayudas, colchones, alimentos y promesas oficiales.
La visita del entonces presidente Carlos Menem, que permaneció poco más de una hora en la zona, incluyó anuncios de fondos millonarios destinados a la reconstrucción.
Pero junto con la ayuda, comenzaron también los cuestionamientos.
Ese mismo año se advirtió que la Ruta Nacional 157, en proceso de construcción, había sido elevada por encima de su nivel original y que se habían reducido las alcantarillas. El resultado: un terraplén que funcionaba como un verdadero dique, impidiendo el drenaje natural del agua.
Entre 1992 y 2000: advertencias sin solución
Tras la gran inundación, se habló por primera vez de trasladar la ciudad, se crearon comisiones investigadoras y se analizaron obras posibles.
Sin embargo, ninguna solución estructural se concretó.
Mientras tanto, el entorno seguía cambiando: la deforestación avanzaba en la cuenca, los cursos de agua eran modificados y los sistemas naturales que absorbían el exceso hídrico continuaban desapareciendo.
2000: el agua vuelve a entrar a las casas
En marzo de 2000, una nueva crecida del río Marapa volvió a generar un escenario crítico.
El agua alcanzó hasta dos metros dentro de algunas viviendas.
Otra vez hubo evacuados, pérdidas y la presencia de funcionarios que prometieron soluciones.
También comenzaron a surgir dudas sobre el destino de fondos enviados años anteriores para obras que no lograron evitar que la historia se repitiera.
Ese mismo año, desde el área de Obras Públicas se reconoció públicamente que no se podía garantizar que La Madrid dejara de inundarse sin inversiones de gran escala, fuera del alcance provincial.
Años posteriores: el deterioro silencioso
Durante los años siguientes, el problema no desapareció.
Por el contrario, se fue agravando de manera silenciosa.
Entre los factores más señalados por estudios posteriores se encuentran:
La deforestación masiva en la cuenca Marapa–San Francisco
Canalizaciones realizadas sin control estatal
Alteración de cauces naturales
Desaparición de bañados que actuaban como reguladores
Falta de planificación integral de la cuenca
Todo esto generó un sistema cada vez más frágil ante eventos climáticos intensos.
2017: la inundación que expuso todo
La crecida de abril de 2017 volvió a golpear con fuerza y generó una de las crisis más importantes de los últimos años.
A diferencia de eventos anteriores, esta vez se impulsaron estudios más profundos durante un período prolongado. Allí se logró identificar con mayor claridad que el problema no era solo natural, sino también resultado de decisiones humanas acumuladas en el tiempo.
Se volvió a plantear la posibilidad de trasladar la ciudad, con costos estimados en decenas de millones de dólares. El proyecto, finalmente, no avanzó.
También surgieron con más fuerza cuestionamientos sobre responsabilidades políticas, técnicas y económicas, aunque sin derivar en sanciones concretas.
2026: el presente vuelve a confirmar el pasado
Hoy, más de tres décadas después de aquella inundación de 1992, La Madrid vuelve a atravesar una situación similar.
Las imágenes actuales que este medio registró en el lugar muestran calles cubiertas de agua, viviendas afectadas y vecinos que repiten una frase que se volvió habitual:
“Sabemos que esto va a pasar”.
En los últimos días, el gobernador Osvaldo Jaldo reconoció la gravedad estructural del problema y advirtió que, incluso con obras, no se puede garantizar que la localidad deje de inundarse ante lluvias intensas.
Un sistema alterado
El análisis histórico coincide en un punto: el problema de La Madrid no es solo la lluvia.
Es el resultado de una combinación de factores:
Ubicación en una zona baja
Intervenciones hidráulicas aguas arriba y abajo
Infraestructura que actúa como barrera
Destrucción de sistemas naturales de absorción
Falta de control y planificación
En ese contexto, cada tormenta intensa pone en evidencia una fragilidad acumulada durante décadas.
Una comunidad que resiste
Mientras tanto, la vida cotidiana de los vecinos sigue marcada por la incertidumbre.
Hay familias que han perdido sus pertenencias más de una vez.
Hay generaciones que crecieron viendo cómo el agua vuelve.
Hay chicos que asocian la lluvia con el miedo.
Y también hay bronca.
Bronca por las promesas incumplidas, por la falta de soluciones y por la sensación de que, a pesar de los estudios y advertencias, el problema sigue sin resolverse.
“Pagan justos por pecadores”
A lo largo del tiempo, distintas voces incluyendo referentes sociales y religiosos han planteado que detrás de la situación hay responsabilidades humanas vinculadas a decisiones, omisiones y modelos de desarrollo.
Sin embargo, esas responsabilidades nunca fueron claramente establecidas.
Hoy, más de 30 años después, La Madrid sigue enfrentando el mismo escenario.
Y en cada nueva inundación, la sensación que se repite entre los vecinos es tan clara como contundente:
son ellos quienes terminan pagando las consecuencias de errores que nunca cometieron.





